La mayoría de ecologistas creen que nos encontramos en medio de la sexta extinción masiva. El impacto de la humanidad en la naturaleza, dicen, es actualmente comparable con los últimos cinco acontecimientos catastróficos que han tenido lugar en los últimos 600 millones de años, durante los que desaparecieron hasta un 95% de las especies del planeta. Es muy posible. Sin embargo, estudios recientes han publicado tasas de extinción muy confusas y considerablemente distintas.
La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, en la que participaron más de un millar de expertos, estimó un ritmo de extinción calculado, posteriormente, en un máximo de 8.700 especies al año, o 24 al día. Más recientemente, los científicos de la UN Convention on Biological Diversity concluyeron que: “Cada día, se pierden más de 150 especies”. Esto podría suponer un máximo de 10% cada década.
El sapo dorado, que anteriormente había abundado en zonas de Costa Rica, fue declarado extinto en 2007.
Pero nadie sabe si estas estimaciones realmente se corresponden con la realidad. Se basan en modelos realizados por ordenador, y las pérdidas documentadas son mínimas en comparación. Solo se han documentado alrededor de 800 extinciones en los últimos 400 años, según los datos proporcionados por la International Union for the Conservation of Nature (UICN). Comparado con el 1,9 millones de especies registradas en todo el planeta, esto representa menos de la décima parte de un 1%.
Tampoco disponemos de demasiada evidencia documentada de su pérdida acelerada. En su última actualización, publicada en junio, la UICN informó de que “no había nuevas extinciones”, aunque el pasado año informó de la pérdida de una tijereta en la isla de Santa Elena y de un tipo de caracol de Malasia. Y resultó que algunas especies que se habían declarado extinguidas aún seguían existiendo, al igual que el oso marino de Guadalupe, que “murió” hace un siglo, pero que ahora tiene una población que asciende a más de 20.000 ejemplares.
Por otra parte, la mayoría de las extinciones documentadas se han producido en islas pequeñas, en donde las especies con pequeños grupos genéticos generalmente han sucumbido a los cazadores humanos. Eso puede ser una tragedia ecológica para las islas en cuestión, pero la mayoría de especies viven en las zonas continentales y, según los ecologistas, es poco probable que sean tan vulnerables.
Un informe reciente indicó que las extinciones actuales eran “hasta 100 veces superiores a las tasas anteriores”
Pero las pérdidas registradas pueden ser solo la punta del iceberg. Esto es debido a que el criterio adoptado por la UICN y muchos otros para declarar a las especies extinguidas es muy estricto, y requiere de una investigación específica. También se debe a que a menudo simplemente no saben lo que sucede más allá del mundo de los animales vertebrados, que constituyen quizá el 1% de las especies conocidas.
Una forma de llenar el vacío es extrapolando de lo conocido a lo desconocido. En junio, Gerardo Ceballos, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en colaboración con celebridades como Paul Ehrlich, de Stanford, y Anthony Barnosky, de la Universidad de California (University of California), en Berkeley, fue noticia en todo el mundo por utilizar este método para estimar que las extinciones globales actuales eran “hasta 100 veces superiores a las tasas normales”.
Ceballos estudió las pérdidas registradas desde el año 1900 de 477 especies de vertebrados. Eso le indicó una pérdida, desde el inicio del siglo XX, de alrededor de un 1% de las 45.000 especies conocidas de vertebrados. Ceballos comparó dicha tasa de pérdidas con la probable tasa de extinción natural a largo plazo de los vertebrados en la naturaleza, a partir de los antecedentes. Hace poco, uno de los coautores del estudio, Anthony Barnosky, de la UC Berkeley, situó dicha tasa en 2 sobre 10.000 especies cada 100 años. Según esta tasa, se puede predecir que en el siglo pasado se produjeron en torno a nueve extinciones de vertebrados, mientras que el valor real fue entre una y dos veces mayor.
Ceballos supuso que esa aceleración en la pérdida de especies de vertebrados se aplicaría a toda la naturaleza, lo que le llevó a concluir que las tasas de extinción actuales son “hasta cien veces mayores” que en el pasado.
Ceballos supuso que esa aceleración en la pérdida de especies de vertebrados se aplicaría a toda la naturaleza, lo que le llevó a concluir que las tasas de extinción actuales son “hasta cien veces mayores” que en el pasado.
Pocos días antes, Claire Regnier, del Museo Nacional de Historia Natural de París, centró la atención en los invertebrados, que representan a la mayoría de especies conocidas pero que “languidecen en la sombra”, afirmó.
Regnier estudió un grupo de invertebrados con registros relativamente buenos: los caracoles terrestres. Y para sortear el problema de la falta de información, descartó la rigurosa metodología de la UICN y se basó en las evaluaciones que habían hecho los expertos sobre las posibilidades de extinción. De este modo, descubrió que el Amastra baldwiniana, un caracol de tierra endémico de la isla hawaiana de Maui ya no existía, debido a que su hábitat se había reducido y hacía décadas que no se observaba. De esta forma estimó que probablemente el 10% de los casi 200 caracoles terrestres conocidos actualmente ya no existían, lo que supone una pérdida siete veces mayor de lo que indican los registros de la UICN.
Regnier estudió un grupo de invertebrados con registros relativamente buenos: los caracoles terrestres. Y para sortear el problema de la falta de información, descartó la rigurosa metodología de la UICN y se basó en las evaluaciones que habían hecho los expertos sobre las posibilidades de extinción. De este modo, descubrió que el Amastra baldwiniana, un caracol de tierra endémico de la isla hawaiana de Maui ya no existía, debido a que su hábitat se había reducido y hacía décadas que no se observaba. De esta forma estimó que probablemente el 10% de los casi 200 caracoles terrestres conocidos actualmente ya no existían, lo que supone una pérdida siete veces mayor de lo que indican los registros de la UICN.

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